Edén

Instalación

2020

Vemos, desde afuera, el ventanal empañado. La condensación generada por alguna circunstancia ajena a nuestro entendimiento hace difícil saber qué pasa adentro. No vemos ningún cuerpo, pero la superficie del vidrio suda. O, tal vez, llora. ¿Por qué habría de sudar un vidrio o cuáles serían sus razones para llorar? Ante la duda, se juntan estas dos posibilidades que, en todo caso, deberían señalar la presencia de un cuerpo ante la esperanza o el temor implícitos en el hecho de ver el vapor condensándose en un espacio interior, pues sudar y llorar son procesos corporales que definen un límite, un esfuerzo o un sacrificio. Sudamos porque trabajamos, lloramos porque condensamos alguna emoción. Estamos presentes cada vez que el cuerpo se baña en sudor, cada vez que se nos escapa una lágrima, pues ni se suda ni se llora en cuerpo ajeno. Sudo porque estoy y lloro porque existo. Sin embargo, aquí sólo vemos la conversión de vapor en agua, la transformación entrópica de la materia. El calor del universo tiende a distribuirse uniformemente y, a medida que el tiempo pasa, la temperatura se nivela buscando el cero absoluto, como las pasiones que se disuelven tarde o temprano dejando apenas una huella: la tinta diluida por la gota que cae sobre una carta, la cicatriz que nos dice que el cuerpo se rompió o fue rasgado en algún momento y que sanó, pues los muertos no cicatrizan o el pequeño canal que fue abriendo un hilo de agua que escurre sobre una superficie empolvada. Ese día, la vida ya no duele ni perturba y somos capaces de ver la belleza de ese mapa de marcas, de pasiones y dolores que, al fin, hemos dejado de padecer.

Si nos fijamos con atención en este ventanal, veremos también que la alternancia de unas luces que vienen de adentro nos deja ver también otras marcas corporales fijadas sobre la transparencia: alguien tocó esa superficie, transfirió calor y grasa, hizo contacto, dejó evidencia de una presión. Ese alguien ya no está, pero su cuerpo sigue presente, resistiéndose a ausentarse del todo.

Comimos del árbol de la ciencia y así inventamos la muerte, la reproducción y el duelo, cargas todas que han escrito la historia humana. Nuestros hijos son el producto de nuestros cuerpos sudorosos copulando, nuestros muertos son la certeza de una ausencia que se manifiesta en el llanto. Ni muerte ni cópula había en el Edén. 

Al inventar el nacimiento y la muerte, inventamos también el deseo y los fantasmas, fermentos ambos que proyectan la vida del cuerpo hacia atrás y hacia el porvenir de maneras siempre intrincadas. El sudor y las lágrimas son la historia familiar, el linaje, la familia, la súplica de no morir solos sin dejar huella sobre el mundo. Toda la belleza y todo el horror están hechos de estas aguas primordiales, de esta neblina que a fuerza de densidad se materializa en gotas indescifrables, en principio vacías de significado pero siempre dispuestas a ser cargadas de nuestra pasión particular.

En un hotel vacío, en una ciudad llena de locales comerciales que ya no contienen ningún tipo de actividad humana, en la sucursal del cielo o del paraíso perdido, rodeada de muchos otros ventanales donde todo se alquila y donde nadie toma ya nada en arriendo, una mujer se pone a llorar o a sudar para dar vida a unos fantasmas del presente que ya no buscan trascender pero que siguen diciendo: “aquí estamos”.

Víctor Albarracín Llanos